Francisco Montano, Doctorante y Asistente de Investigación en Karlsruhe Institute of Technology (KIT)
En la literatura sobre la producción del espacio abundan clasificaciones y propuestas conceptuales diversas. Lefebvre habla de espacio percibido, concebido y vivido (1997). Neil Smith habla de espacio absoluto y relativo (2008). David Harvey suma a las categorías de Smith la variante relacional del espacio y propone una matriz que integra los conceptos de Lefebvre, de Smith y los suyos propios para analizar la producción del espacio (2006). Si bien resultan útiles a nivel teórico, estas variantes permanecen abstractas. ¿Cómo aplicarlas, entonces, a un contexto tan complejo y heterogéneo como América Latina? ¿Cómo pensar el espacio en relación con la riqueza y los grupos económicos? A continuación busco provocar algunas reflexiones sobre la producción del espacio en relación con la acumulación de riqueza en América Latina, específicamente en los países y regiones donde se enfoca Geografías de la Riqueza.
“¿Qué es el espacio, sino entornos?” (Moore, 2015, 21)
De manera similar a Moore, Smith afirma que “la producción del espacio es un corolario lógico de la producción de la naturaleza” (2008, 92). Ya sea que esté en juego la producción del espacio o de la naturaleza, son las acciones las que subyacen al trabajo humano, entendido como “un proceso entre el hombre [los seres humanos, más bien] y la naturaleza, un proceso mediante el cual el hombre, a través de sus propias acciones [énfasis añadido], media, regula y controla el metabolismo entre él mismo y la naturaleza” (Marx, 1990, 283). Sostenidas en el tiempo y en el espacio, las acciones crean relaciones. En la medida en que estas relaciones involucran tanto a humanos como a la naturaleza, son siempre socioecológicas. Al manipular los elementos biofísicos que los rodean, los seres humanos, como otras especies, crean sus propios entornos y, en ese proceso, se crean a sí mismos. Para Jason Moore, la actividad humana es creadora de entornos (environment-making). Este es un primer aspecto de la producción del espacio: la producción de entornos humanos.
Las condiciones de posibilidad de los entornos humanos están determinadas en parte por factores biofísicos. Matopiba, como región extractiva, puede existir en parte gracias al bioma del Cerrado. Antofagasta, como muchas otras regiones desérticas, es un buen yacimiento de minerales, desde cobre hasta litio. En Yucatán, la naturaleza kárstica del suelo crea reservorios de agua subterránea -los cenotes- que atraen tanto a turistas como a empresas sedientas de agua. En la Meseta P’urhépecha, el clima, la altitud y la orografía generan condiciones favorables tanto para el cultivo de superalimentos como el aguacate y el arándano, como para drogas como la amapola y la marihuana.
Un segundo elemento respecto de las acciones humanas es que son intencionadas, autoconscientes e imaginativas. Esto significa que la creación de entornos humanos es un ejercicio creativo. En ese sentido, las acciones mediante las cuales los seres humanos producen espacio no consisten únicamente en el movimiento literal de materiales para configurar nuestros entornos de una forma específica, como ocurre en toda actividad minera. Diseñar el espacio en nuestras cabezas también es producirlo (¡representaciones del espacio!), tal como lo es declarar a Antofagasta zona de sacrificio. Producir conocimiento con el propósito específico de desplegarlo en una región determinada, como hizo Embrapa con la soya (Ye et al., 2020), también contribuye a producir espacio. Describirlo o romantizarlo (¡espacio de representación!), como en la naturaleza “exuberante, prístina, virgen” de Yucatán, lista para el disfrute del turismo, también es producir espacio. Crear contenedores de él, ya sean fronteras nacionales, propiedades privadas o la delimitación de Matopiba como región extractiva, es también producir espacio (absoluto). Estos son algunos ejemplos de la producción intencionada del espacio.
Existen, sin embargo, límites a nuestra imaginación, pues no podemos comprender ni prever completamente todos los impactos de nuestras acciones. Parafraseando a Marx: producimos nuestros propios espacios, pero no siempre en circunstancias elegidas por nosotros mismos. En efecto, los espacios que otros diseñan afectan el tipo de espacios a los que se nos permite acceder y la forma en que habitamos ciertos entornos. La historia de nuestros espacios suele moldear lo que podemos hacer con ellos. Quién queda fuera de nuestros espacios también determina lo que podemos hacer dentro de ellos (¡espacio relacional!). Nuestras propias posiciones corporales, económicas y sociales, que pueden limitar si podemos viajar entre distintos lugares y cómo hacerlo, también son relevantes en la producción del espacio.
Antofagasta, al parecer, muestra una trayectoria de dependencia histórica en relación con la minería. La historia de la familia Maggi en Mato Grosso transforma lo que ocurre en Matopiba. Estructuras arraigadas de violencia racista en Yucatán constituyen el contexto de la turistificación y el despojo de recursos en la península. Estructuras patriarcales a lo largo de América Latina someten a las mujeres a violencia económica, ambiental o social; muchas veces, a las tres a la vez.
Los espacios adquieren su particularidad a través de la manera en que se estructuran las relaciones socioecológicas en las sociedades que se mueven dentro y a través de ellos. Los resultados de estas relaciones pueden producir espacios con opresiones y violencias específicas, pero también con sus propios potenciales transformadores (¡espacio diferencial!). Después de todo, la presencia de resistencia en todas estas regiones es una muestra de cómo el espacio también se produce a través de la colisión de actores con intereses y posiciones distintas, y un recordatorio de que, precisamente porque las acciones humanas son creativas, pueden imaginarse de maneras diferentes.
Referencias
Harvey, D. (2006). Spaces of global capitalism. Verso.
Lefebvre, H. (1997). The production of space (Reimpresión). Blackwell.
Marx, K. (1990). Capital: A critique of political economy. Penguin books.
Moore, J. W. (2015). Capitalism in the web of life: Ecology and the accumulation of capital (1.ª ed.). Verso.
Smith, N. (2008). Uneven development: Nature, capital, and the production of space (3.ª ed.). University of Georgia Press.
Ye, J., Van Der Ploeg, J. D., Schneider, S., & Shanin, T. (2020). The incursions of extractivism: Moving from dispersed places to global capitalism. The Journal of Peasant Studies, 47(1), 155–183. https://doi.org/10.1080/03066150.2018.1559834
Gestores de riqueza: los nuevos administradores del territorio
Francisco Montano, Doctorante y Asistente de Investigación en Karlsruhe Institute of Technology (KIT)
“Quienes producían el espacio no eran las mismas personas que lo administraban” (Lefebvre, 1997, 48)
Al hablar sobre el feudalismo, Lefebvre distingue aquí entre campesinos y artesanos (los productores del espacio) y príncipes, sacerdotes, escribas o guerreros “que poseían lo que otros habían producido, que se apropiaban del espacio y se convertían en sus propietarios plenos” (Ibid., 48). Al hacerlo, argumenta que ciertas acciones humanas pueden diferenciarse según el poder que tienen para producir espacio. En efecto, no es necesario mover físicamente rocas para producir espacio. En sociedades complejas, generar conocimiento, ganar legitimidad, adquirir recursos e imaginar el espacio a menudo otorgan un mayor dominio sobre el espacio y las relaciones socioecológicas que se despliegan a través de él.
En el capitalismo, las relaciones socioecológicas están moldeadas por condiciones previas como el extractivismo y la acumulación y circulación de capital. En lugar de sacerdotes, príncipes y escribas, existen otros sujetos capaces de apropiarse y explotar los espacios. Hoy en día, lo que identificamos como grupos empresariales están a la vanguardia de la producción del espacio. Como entidades de gran escala, requieren las habilidades y el trabajo de sujetos específicos: abogados, científicos, agrimensores, ingenieros logísticos, contadores, gestores de riesgo de capital e inversionistas forman parte de una lista mucho más larga de los llamados expertos necesarios para gestionar el espacio. En palabras de Lefebvre, son una burocracia que obtiene sus ganancias del capitalismo y sostiene el ascenso y el dominio del espacio abstracto (Ibid., 52). Así como el trabajo social abstracto es la fuente del valor en el capitalismo, el espacio abstracto es uno de sus medios y uno de sus resultados. ¿Dónde se encuentra esa abstracción? ¿En las cifras en que se expresa la riqueza de estos grupos económicos? ¿En el capital que generan y desplazan para expandir su control territorial? ¿En la medición total de la tierra bajo su control? ¿En la confianza que estos grupos reciben de sus inversionistas? ¿En la legitimidad que ejercen al dirigirse a funcionarios públicos, o al ocupar ellos mismos esos cargos? ¿En los discursos escritos y visuales de sus sitios web, donde exhiben trabajadores felices, consumidores satisfechos o compromisos de sostenibilidad?
La afirmación lefebvriana de que el espacio abstracto es violento ha sido respaldada por Sayer (1987), Loftus (2015) y Moore (2015). Es violento en el sentido de que produce un mundo despojado de cualidades esenciales y vacío de complejidad. Visto como espacio abstracto, un desierto, una sabana, una selva tropical y un bosque de coníferas pueden producirse como oportunidades de inversión idénticas, sacrificios necesarios en nombre del bienestar o expectativas de márgenes de ganancia. De manera similar, una mina, una plantación y un hotel de playa pueden reducirse todos al retorno de inversión, casi despojados de todo sentido de materialidad, especialmente cuando se los experimenta a distancia. “El espacio abstracto es la concepción dominante del espacio bajo el capitalismo, que permite la cuantificación, la medición, la divisibilidad, la demarcación y la intercambiabilidad de los espacios físicos concretos” (Belina, 2020, 81).
Es a través de esta abstracción que el capital de Amaggi, de Luksic o del Grupo Posadas logra reflejarse en los mercados mundiales. Sin embargo, la soya, el cobre o el aguacate conservan una materialidad propia: la soya debe alimentar al ganado en Brasil y otros lugares; el cobre se envía a China y el aguacate a Estados Unidos; el turismo en Yucatán depende de la industria de la aviación para traer turistas de todo el mundo. La circulación de estos productos (¡espacio relativo!) es posible gracias a tratados de libre comercio (otra forma abstracta más de producción del espacio) esenciales para las redes globales de producción, comercio y finanzas.
Otras redes materiales no son necesariamente globales. Nuestro proyecto las enmarca como el nexo minería-urbanización, el nexo infraestructura-financiarización y el nexo agroindustria de la tierra-urbano. Algunas de ellas también pueden encajar dentro de la dicotomía relacional ciudad-periferia, donde un espacio urbano se configura a expensas de lo que ocurre a la distancia. Este tipo de espacios relacionales han existido en América Latina desde hace mucho tiempo: las regiones mineras o agroindustriales se han organizado desde las ciudades desde tiempos coloniales. Incluso la primera delimitación de las naciones latinoamericanas como espacios absolutos, y con ella la creación de las identidades nacionales, requirió de la riqueza de quienes gestionaban el espacio. Esto se refleja en las palabras de Eduardo Matte Pérez, fundador del Grupo Matt, en 1982: “Nosotros, los dueños de la tierra y el capital, somos dueños de Chile. El resto, las masas, no importan”.
Quizás uno de los aspectos más nuevos, y menos examinados, de las dinámicas contemporáneas en América Latina es el hecho de que las periferias hoy no solo se organizan para la producción de valor, sino también para su extracción en forma de rentas. Un giro más de tuerca a la abstracción. Este rasgo ha sido producido simultáneamente por las dinámicas espaciales del capitalismo contemporáneo, a la vez que altera las formas tradicionales de los espacios extractivistas en la región. Desde la perspectiva de quienes producen el espacio, las abstracciones pueden sentirse desempoderadoras o carentes de sentido, pues pueden enmascarar violencias detrás de la cuantificación y la intercambiabilidad, sin relacionarse directamente con la materialidad del espacio y de las acciones humanas. Para quienes lo gestionan, en cambio, es precisamente esa abstracción la que les otorga poder, pues oculta a plena vista el control que ejercen sobre el espacio. Los gestores de riesgo de activos, los empresarios y los abogados son los príncipes, sacerdotes y escribas de hoy: su poder se basa en abstracciones, muchas de ellas espaciales.
Referencias
Belina, B. (2020). Form Analysis, Space, and Spatial Struggle. En M. Silver (Ed.), Confronting capitalism in the 21st century: Lessons from Marx’s capital. Palgrave Macmillan.
Lefebvre, H. (1997). The production of space (Reimpresión). Blackwell.
Loftus, A. (2015). Violent Geographical Abstractions. Environment and Planning D: Society and Space, 33(2), 366–381. https://doi.org/10.1068/d14120p
Moore, J. W. (2015). Capitalism in the web of life: Ecology and the accumulation of capital (1.ª ed.). Verso.
Sayer, D. (1987). The Violence of abstraction: The analytic foundations of historical materialism. B. Blackwell.
Ni de otro lugar ni de nadie: el capitalismo es de aquí
Francisco Montero, Doctorante y Asistente de Investigación en Karlsruhe Institute of Technology (KIT)
“Se trata al capitalismo como si viniera de otro lugar” (Robbins, 1999, 154)
A veces el espacio abstracto cumple su cometido. Según Doreen Massey (2004), el capitalismo a veces se conceptualiza como carente de lugar, actuando como una fuerza global sin arraigo concreto. No lo es. Su caso se centra en la City de Londres como un lugar donde se produce el capitalismo global. También podría ser Nueva York, o Fráncfort, o São Paulo… ¿o Cuiabá? ¿O algunos barrios de Santiago o de la Ciudad de México? En cualquier caso, “no todos los lugares son ‘víctimas’, y no todos ellos, en su forma actual, merecen ser defendidos” (Ibid., 15).
Massey se enfoca en cuestionar una idea, según ella algo presente en la geografía, según la cual los lugares son espacios a los que se les atribuye significado. Estos significados toman la forma de tradiciones y culturas locales y, en contextos capitalistas, son sobrepasados por una producción del espacio de arriba hacia abajo. Para ella, en cambio, los lugares (territorios, regiones) son “el punto de intersección de trayectorias dispares” (Ibid., 5). Esto implica que son, de manera inherente, lugares de conflicto, negociación y cambio. Dicha negociación también puede darse a través de acciones diversas, ya sea centradas en las decisiones sobre el movimiento de tierra que implica la creación de entornos, o bien en el pensar, escribir, hablar y, en general, atribuir significado a ellos.
La Meseta P’urhépecha es un sitio de significados vinculados a la etnia indígena p’urhépecha, a la importancia de los bosques para la vida comunitaria o a la nostalgia por las formas tradicionales de agricultura, pero también está atravesada por significados relacionados con la cultura de la droga, el poder del trabajo duro realizado por los hombres, la belleza de un huerto de aguacates y el rol de las mujeres como proveedoras de entretenimiento sexual. Los montes de Yucatán son los lugares donde habitan los dioses mayas, el Yum K’ax, pero también donde los extranjeros pueden escapar de sus estilos de vida urbanos, muchas veces, curiosamente, a través de las drogas y el entretenimiento sexual. Lo mismo ocurre en los espacios vividos de Antofagasta, Cuiabá o Matopiba, tal como busca ilustrar Geografías de la Riqueza.
Aunque quienes gestionan el espacio en los tres países pueden producir poder a escalas que van mucho más allá del territorio y la región, el capitalismo necesita producirse y sostenerse también en estos niveles. Incluso si las diferencias de poder son enormes entre quienes gestionan el espacio y quienes efectivamente lo producen habitando estas regiones, la presencia de conflictos y proyectos alternativos en la producción del espacio da testimonio, por un lado, del arraigo del capitalismo en lo local y, por otro, de las posibilidades que tienen los actores locales de construir alianzas más allá del territorio o la región. Eso es lo que hacen Terra de Direitos, Mundo y Conciencia, el Transnational Institute y FIMA en nuestro proyecto. Según Massey, estos supuestos conducen a un sentido de responsabilidad espacial: si el propio cuerpo, movimiento político o territorio se construye en relación con otros, la responsabilidad de desmantelar espacios opresivos y construir espacios emancipatorios está encarnada en el lugar donde uno se encuentra, pero no se restringe a él.
Puede resultar confuso captar el significado de una categoría tan abierta como el espacio. La larga lista de adjetivos que se le añaden, aunque útil, también puede generar confusión, pues no siempre alcanza a describir directamente un tipo específico de espacio, construido en una realidad espaciotemporal concreta. En efecto, los espacios vivido, absoluto o abstracto pueden existir tanto en el feudalismo como en el capitalismo, en América Latina o en Europa. Pueden ser tan concretos como una habitación, pero tan abstractos como un algoritmo.
También puede ser una categoría autorreferencial, y no simplemente algo que se aplica a la realidad como si uno fuera externo a ella. Puede que sea necesario producir espacio para poder estudiar la producción del espacio. Casi todas las regiones estudiadas en W&S se caracterizan en términos algo discretos y dentro de distintas escalas absolutas, desde el país hasta la región; algunas, como Matopiba, han sido producidas por miembros de nuestro propio proyecto.
Sin embargo, esa misma apertura que dificulta la comprensión del espacio puede ser también una aliada. Quizás si la producción del espacio se entiende desde una perspectiva transhistórica, esto puede ayudarnos a comprender la multitud de formas en que los seres humanos crean entornos, a la vez que facilita la selección de conceptos más históricos, adaptados a realidades específicas, que luego puedan encarnarse en procesos socioespaciales o relaciones socioecológicas concretas. En última instancia, el objetivo debería ser disputar el poder de los príncipes, sacerdotes y escribas de nuestro propio tiempo. En América Latina y más allá.
Referencias
Massey, D. (2004). Geographies of Responsibility. Geografiska Annaler. Series B, Human Geography, 86(1), 5–18.
Robbins, B. (1999). Feeling global: Internationalism in distress. New York University Press.
